martes, 12 de abril de 2011

Hacía tiempo que este misterioso señor, que al estilo de los años 60, nos manda correos, cartas, diciendo que nos vigila, que sabe de nuestros movimientos, que dice que por favor no dejemos de existir porque sino él morirá. Para nosotros le chifla el moño, pero aquí está su correspondencia, aparentemente incoherente, pero que en lo semántico, en lo profundo, teje lo que ocurre en la intimidad de Juguetes Perdidos, y eso nos asusta un poco. Le agradecemos su clave morsa, su indiferente forma de hacernos saber que estamos vivos:


A los Juguetes Perdidos:

Las distancias son casi imperceptibles para ustedes, recorrerlas propone la voluntad de una tropilla de unicornios. Lo saben, eso me deja tranquilo Para eso beber café, vino y otras yerbas  no es para nada contraproducente hacerlo en El café de los berretines: bohemia sí,  borrachos cagados y mentes veletas no, mejor tenerlas al costado. Los culos berretas se van escondiendo y el show comienza a hacer nuestros, que es como decir de ustedes, de nosotros. Y es lo que dije, los culos amargos siguen amargos pero no se mosquean, para qué ya tienen su muerte asegurada, en pagos acelerados y en viajes mal ganados, y está bien que así sea. Nosotros, ustedes, yo, todavía ni siquiera pensamos en usar un bastón (sí sabemos que algún día entregaremos la olla, como cualquier hijo de poderoso, como cualquier vecino, ¿eso ayuda a ser mejores personas?) La tranquilidad de saber que por las cartas de una bruja asomaron Los 3 Mosqueteros. Calorrrrrr, calor. El futuro es inevitable: el de las calabazas gigantes, de esas que nacen de una estrofa de sol y lluvia.  

                                        Señor Gigantáfora.

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